Para muchas personas, compasión y lástima es una misma cosa. Frecuentemente escuchamos decir cosas como: “no quiero que me compadezcan, no quiero que me tengan lástima”.

La compasión y la lástima, para mí, son dos cosas muy diferentes. Lo aprendí de Sogyal Rimpoche, que lo expresa magistralmente en “El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte”: “Si miras el sufrimiento ajeno desde el miedo, eso es lástima. Si miras el sufrimiento ajeno desde el amor, eso es compasión”.

Pensemos en alguna situación en la que hayamos vivido una experiencia dolorosa y en la reacción de las personas que están a nuestro alrededor. Cuando el miedo y la lástima se imponen, les cuesta acercarse y acompañarnos, no saben cómo consolarnos, no encuentran las palabras, están incómodos. En ocasiones así, reaccionamos controlando nuestras emociones, nos enfriamos, sentimos vergüenza e incomodidad e internamente deseamos que se alejen y que nos dejen solos.

Sin embargo, cuando tenemos a alguien que puede acercarse desde la compasión y la mirada amorosa, nos sentimos recogidos y acompañados a un nivel mucho más profundo, ni siquiera hacen falta muchas palabras. Solo presencia. Esto nos permite abrirnos a nuestro dolor, porque nos sentimos sostenidos y podemos expresar nuestros sentimientos con menos vergüenza, con más legitimidad. El resultado es que encontramos que el acompañamiento resulta consolador y que ya no deseamos quedarnos solos.

Acercarnos al sufrimiento ajeno con el corazón abierto nos resulta difícil, nos parece que vamos a quedar atrapados, así es que es fácil que reaccionemos cerrándolo, creyendo que es la mejor manera de protegernos. Esta es una reacción muy habitual, por ejemplo, entre los profesionales del mundo sanitario y de las profesiones de ayuda, en general. Sin embargo, todos conocemos alguna excepción: un médico o una enfermera que se mantienen a nuestro lado, que sabe acompañarnos y sostenernos, aunque solo dispongan de unos minutos. Y estas personas nos parece que tienen una cualidad especial, una categoría humana que las diferencia. Yo creo que son personas que han aprendido esta distinción y que han descubierto, además, el enorme potencial de la compasión no solo para sus pacientes, sino también para ellos mismos, porque han aprendido hasta qué punto la mirada compasiva les conecta con la vida y con estados de ánimo de equilibrio, serenidad, fuerza y amor.

Aprender esta distinción me ayudó a entender que la compasión es un estado de ánimo a cultivar, una mirada a desarrollar, un camino que recorro día a día y que me ayuda a vivir mi profesión con una profundidad mucho mayor.

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http://centrodelcoaching.es/distincion-4-compasion-o-lastima/

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